Afganistán y la reforma del sistema sanitario. Esos son los dos frentes que ahora mismo tiene abiertos el Presidente Obama, y que pueden convertir su Presidencia en un éxito apoteósico, o bien en un brutal fracaso. ¿Por qué?
La escalada militar en Afganistán, que supone el envío de 30.000 nuevos soldados al país centro-asiático, ha despertado los recelos entre las bases demócratas y de su ala más progresista. En principio, debería alegrar a los republicanos, pero éstos acabaron criticando el plan al establecerse una cláusula que dice que en 2011 deberá comenzar la retirada. Con lo cual, tenemos al ala izquierda de los demócratas y también a los republicanos pendientes del menor indicio de fracaso para lanzarse a la yugular del Presidente.
Con la Reforma Sanitaria ocurre tres cuartos de lo mismo. Los republicanos han afilado sus cuchillos y tachan a Obama de socialista, un insulto muy grave en Estados Unidos, y no pocos ciudadanos califican su plan de nacionalsocialista, acompañando las críticas y manifestaciones callejeras con fotos de Obama caracterizado con el bigotito de Adolf Hitler. La llamada “opción pública”, que pretende competir con las empresas privadas en el campo sanitario, divide no sólo a republicanos y demócratas, sino también a los demócratas mismos entre su ala izquierda y su ala moderada. Un plan con opción pública radicalizaría aún más a la oposición, mientras que la aprobación de un plan sin dicha opción desencadenaría un bombazo que derrumbaría gran parte de las opciones de Obama de ganar la reelección en 2012. Además, en Noviembre de 2010, dentro de once meses, hay elecciones legislativas que pueden hacer retroceder las mayorías absolutas que los demócratas gozan tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes.
Un fracaso a la hora de establecer la opción pública, sumado a un fracaso en Afganistán, sumirían a Obama en un fuego cruzado del que seguramente no saldría políticamente vivo.
El enésimo intento por universalizar la sanidad
En Estados Unidos la sanidad no es universal. Hay 47 millones de personas sin seguro médico, y por ello no han sido pocos los Presidentes que han intentado reformar el sistema, logrando tan sólo muy pequeños éxitos, o bien rotundos fracasos.
El Presidente republicano Theodore Roosevelt, en el cargo entre 1901 y 1909, volvió a presentarse por tercera vez al cargo en las elecciones de 1912 como independiente y con el apoyo de los reformistas progresistas, pero perdió frente al demócrata Woodrow Wilson, quien logró derrotar al Presidente republicano Taft.
A partir de 1933, el Presidente demócrata Franklin Roosevelt (sobrino del primer Roosevelt) desarrolló su centralizador “New Deal”, para dejar paso a su muerte (en 1945) al “Fair Deal” de su sucesor, el también demócrata Harry Truman. Truman, en su campaña electoral de 1948, dijo claramente que pretendía establecer un sistema universal de salud, pero la fuerte oposición que cosechó la idea llevó al traste sus planes.
Con el demócrata Lyndon Johnson (1963-1968), sucesor de Kennedy, por fin se logró un gran avance, implementando el programa “Medicare” en 1965, que daba seguro médico a las personas mayores de 65 años y a los discapacitados. Ya en Febrero de 1974 el republicano Richard Nixon, poco antes de dimitir por el caso Watergate, firmó la “Comprehensive Health Insurance Act” (CHIA) que permitía a los trabajadores contratar sus seguros médicos ofrecidos por el Gobierno a través de sus puestos de trabajo, además de la “Employee Retirement Income Security Act” (ERISA). El también republicano Ronald Reagan (1981-1989) amplió y enmendó ambas leyes en 1985 con la “Consolidated Omnibus Budget Reconciliation Act” (COBRA), que permitía a algunos trabajadores continuar con su seguro médico incluso después de abandonar sus empleos. Sin embargo, la ola neoliberal que ocupó Washington a partir de la derrota de Carter en 1980 provocó que las competencias sobre la materia pasasen a los gobiernos de los Estados, fragmentando y debilitando el sistema de salud.
Fue el matrimonio Clinton (1993-2001) quien más se mojó por reformar de arriba abajo el sistema de salud, pero de un modo inadecuado en cuanto a las formas. Fueron Bill y Hillary quienes redactaron la ley, y cuando fue entregada al Senado para que se iniciase el debate para su aprobación, éste votó en contra de su toma en consideración, con lo cual el proyecto ni siquiera entró en la cámara. Pese a este estrepitoso fracaso que acabaría hundiendo la Presidencia de Clinton y su capacidad legislativa, en 1996 se aprobó la HIPAA (“Health Insurance Portability and Accountability Act”) que facilitó a los trabajadores adaptar su seguro cuando cambiaran de puesto de trabajo, además de proteger sus datos sanitarios. Parece ser que el impacto de esta medida fue brutal. De 1987 con Reagan a 1997 con Clinton, el número de personas sin seguro médico ascendió del 12,8% de la población al 15,5%. Tras la aprobación de la HIPAA de Clinton, en 1997 el número de personas sin seguro descendió vertiginosamente en sólo tres años hasta el 13,5%.
El Presidente Bush (2001-2009) firmó la MPDIMA (“Medicare Prescription Drug, Improvement, and Modernization Act”), dedicada a ancianos y discapacitados. Sin embargo, durante la Administración de Bush se destrozó el legado de Clinton, no sólo el económico, sino también el sanitario: de nuevo aumentó el número de gente sin seguro, del 13,5% al 15,4% en 2007. Ya en 2009, recién jurado el cargo, el Presidente Obama firmó el “State Children’s Health Insurance Program” (SCHIP) y la “American Recovery and Reinvestment Act” (ARRA), que mejoraba el sistema sanitario de los niños y daba facilidades para informatizar los datos sanitarios de los estadounidenses. Después de ello, salvando los errores de Clinton, dio unas pautas básicas para que congresistas y senadores redactasen un plan de reforma muy ambicioso. “No soy el primer Presidente que afronta esta causa, pero estoy decidido a ser el último”, afirmó.
El funcionamiento del sistema sanitario estadounidense
En Estados Unidos no existe sanidad pública universal. El Estado, a través de los programas “Medicaid” y “Medicare”, ofrece un sistema de copago a 47 millones de personas pobres, ancianos, veteranos de guerra, y trabajadores de los ferrocarriles, en el que los beneficiados deben pagar un pequeño porcentaje del coste de su asistencia médica. El resto de la población debe contratar seguros médicos privados, por lo general a través de su puesto de trabajo, con lo que si pierden el empleo suelen quedarse sin seguro médico, ya que son las empresas las que en teoría les ofrecen y les pagan el seguro. En 1993, el 61% de las empresas ofrecían seguros médicos a sus trabajadores, mientras que en 2009 el porcentaje había descendido escandalosamente hasta el 38%, dejando a millones de personas bien sin seguro, o bien con el peso de tener que pagarlo por sí solos. Además, el Senador demócrata por Illinois, Dick Durbin, afirmó que los asegurados pagan casi 1.000 dólares más al año para pagar la sanidad de los que no están asegurados.
Las empresas aseguradoras funcionan como un cártel, se dividen entre ellas el negocio sanitario, llegando al extremo del Estado de Georgia, en el que una única empresa ofrece el 92% de la sanidad del Estado, sin apenas oposición alguna. Y en el 90% de las grandes ciudades no tienen una verdadera competencia, habiendo casi siempre una sola empresa que ofrece sanidad. Hay empresas aseguradoras que dan incentivos a sus médicos en función del número de pacientes que rechazan… Los amplios costes de los seguros, y la desfachatez de las empresas que los ofrecen, provocan que si una persona lleva 20 años pagando su seguro y le detectan alguna enfermedad grave como por ejemplo cáncer, la aseguradora pueda negarse a pagarle el tratamiento médico, sin que el enfermo pueda hacer nada por reclamar su dinero. Por ello el enfermo debe poner el dinero de su bolsillo, a veces teniendo que vender todas sus posesiones, con lo que o no puede terminar el tratamiento por haberse quedado sin dinero, o bien se morirá de hambre cuando salga del hospital por no tener trabajo, ni casa, ni un dólar en su cuenta corriente. Podrá recurrir a los programas públicos, pero solamente si es lo suficientemente pobre para recibirlos.
El 15% de la población no puede o prefiere no pagar un seguro médico, lo que supone 47 millones de personas que en un momento dado pueden quedarse sin nada si les afecta una enfermedad grave. Los republicanos afirman que quien no tiene seguro médico es porque no quiere. Un estudio de la Fundación Kaiser, el Fondo Commonwealth y The New York Times llegó a la conclusión de que de esos 47 millones de ciudadanos, 30 millones no pueden permitírselo, 6 millones no quieren contratarlo, y 11 millones ni siquiera saben que pueden beneficiarse de la sanidad pública a través de los programas “Medicaid” y “Medicare”, de los que se beneficia el 27% de la población. Por otra parte, el 53% de los habitantes tiene un seguro a través de su puesto de trabajo, y el 5% restante lo tienen contratado sin ayuda de su empresa, gracias, por descontado, a su alto nivel de renta.
En cuanto a las razas, los más perjudicados son los hispanos. La proporción de gente sin asegurar alcanza el 32% entre dicho grupo, el 19% entre los negros, el 16% entre los asiáticos y el 10% entre los blancos. Podría decirse entonces que la reforma sanitaria de Obama beneficia a toda la población, pero en mayor proporción beneficiaría aún más a las minorías étnicas.
En total, Estados Unidos gasta más que ningún otro país en sanidad, alcanzando el 17% de su PIB, lo que supone 1,9 billones de euros anuales. En 2007 el Gobierno se gastó 7.500 dólares por cada ciudadano, y se calcula que a este ritmo, en 2017 la sanidad ocupará el 19,5% del PIB. Pero aún así, la esperanza de vida de sus ciudadanos llega de media a los 78 años, mientras que en España es de 80. Y para dar otro dato escandaloso, decir que la mortalidad infantil estadounidense está a la altura de Bielorrusia, la última dictadura europea sometida al yugo del Presidente Lukashenko, y es superior, nada más ni nada menos, que la de Cuba. Obama afirmó: “Somos la única democracia sobre la Tierra, la única nación rica que permite ese trato para millones de sus ciudadanos.”
Un gráfico del diario El Mundo publicado el 24 de Julio pasado, y basado en informes de la Organización Mundial de la Salud y de la revista Time pone el siguiente ejemplo. Para un/a joven sano/a y deportista, su seguro médico le costaría cada mes unos 275 euros. Un parto le costará unos 2.000 euros, una operación de apendicitis unos 2.520 euros, y una simple visita a urgencias unos 140 euros. Este importe lo tendrá que pagar de su bolsillo. Pero si no tuviera seguro médico, el parto le costaría 12.000 euros más, llegando a los 14.000; la operación de apendicitis 10.000 euros más, alcanzando los 12.600 euros; y la visita a urgencias puede costarle el sueldo de un mes, sobrepasando los 1.200 euros, 960 euros más que si no tuviera seguro.
Algunos estados se avanzan al sistema: reformas previas a nivel estatal
Los Estados del sur son los más perjudicados por el actual sistema, mientras que los estados del noreste son los que menos. Minnesota, Wisconsin, Iowa, Pennsylvania, Hawaii, Massachusetts, Connecticut y Maine tienen entre un 8,3% y un 10% de habitantes sin asegurar. Alaska, Oregón, Montana, California, Nevada, Utah, Arizona, Colorado, Nuevo México, Texas, Oklahoma, y todo el sureste del país exceptuando Alabama y Tennessee son los más perjudicados, con una tasa de entre el 15,4% y el 24,4% de habitantes sin asegurar. El resto del país, en un cinturón que va desde el estado de Washington hasta Nueva Jersey, y desde Michigan hasta Alabama, se encuentra en un término medio, con una tasa de entre el 10% y el 15,4%. Los dos estados con un número más alto de gente sin cobertura sanitaria son Texas y Nuevo México, con un 24,4% y un 22% respectivamente.

Los casos más notorios de sistemas sanitarios más avanzados son los de Minnesota, Massachusetts y Connecticut. En Massachusetts se aprobó en 2006 el “Health Reform Statute”, mientras que en Connecticut se aprobó el pasado Julio un plan llamado “SustiNet”, que pretende llegar a dar cobertura sanitaria al 98% de sus habitantes en 2014. Nueva Jersey, por su parte, en lugar de dar cobertura a todos sus habitantes ha optado por reembolsar algunas cantidades de dinero gastadas por los ciudadanos en servicios médicos.
En otros estados se han hecho referéndums para reformar el sistema sanitario, como en 1994 en California, en 2000 en Massachusetts y en 2002 en Oregón, pero todos ellos fueron rechazados. Sin embargo, a nivel local San Francisco ha sido pionera al ofrecer asistencia a algunos grupos de ciudadanos sin cobertura, un plan conocido como “Healthy San Francisco”.
La propuesta de reforma del Presidente Obama
Dos fuentes de información primordiales para conocer qué pretende el Presidente son la página Web de la Casa Blanca y el discurso dado por Obama ante la sesión conjunta del Senado y la Cámara de Representantes el 10 de Septiembre pasado, donde destruyó los falsos mitos que corren sobre su proyecto, aclaró que lo llevaría adelante con el apoyo de los republicanos o sin él (“El tiempo de juego ha quedado atrás y ha llegado el momento de pasar a la acción. No pienso perder el tiempo con quienes han calculado que matar esta ley es más provechoso políticamente que intentar mejorarla.”), y donde respondió con un frío “eso no es cierto” cuando un congresista republicano por Carolina del Sur, Joe Wilson, le gritó “¡mientes!” en mitad de su discurso. Bajo el nombre de “The Obama plan: Stability & Security for all Americans”, la Casa Blanca explica resumidamente lo que pretende:
“Dará más seguridad y estabilidad a aquellos que tienen seguro médico. Dará cobertura a quienes no lo tengan. Y reducirá el coste en sanidad de nuestras familias, nuestros negocios y nuestro gobierno.
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