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NUCLEAR:
una energía fracasada e insostenible

 


Carlos Bravo
Campaña de Energía de Greenpeace
FreshPolitik Magazine · Número 6

La energía nuclear proporciona cerca del 6% de la energía primaria consumida en el mundo, un porcentaje que lleva muchos años disminuyendo. A pesar de esa escasa contribución, su utilización ha provocado una serie de graves problemas medioambientales, sociales y económicos de trascendencia internacional. La evolución de los acontecimientos en las últimas décadas ha demostrado que la energía nuclear es un rotundo fracaso económico, tecnológico y social.

Son muchas las razones. En primer lugar, la energía nuclear es peligrosa: por ejemplo, la tragedia de Chernóbil puso punto final al debate sobre la seguridad de las centrales nucleares. Este accidente evidenció el potencial destructor de la energía nuclear, y de hecho ha generado un grave daño a la salud pública, al medio ambiente y a la economía de las regiones afectadas. Estudios recientes, entre ellos uno de la Academia de Ciencias Rusa, estiman el coste actual en vidas humanas de este desastre en más de 200.000 en las tres repúblicas ex-soviéticas más afectadas.

La posibilidad de sufrir un accidente nuclear grave se ha incrementado en los últimos años debido a la confluencia de una serie de factores relacionados con la seguridad. Así, a los fallos inherentes a una tecnología peligrosa como la fisión nuclear, hay que sumar el acusado envejecimiento de los reactores y la cada vez menor cultura de seguridad de los operadores como consecuencia de la falta de competitividad de la energía nuclear en un mercado eléctrico liberalizado. En los recientes sucesos del parque nuclear español se conjugan esos factores.

Las centrales nucleares son instalaciones de alto riesgo, al ser, según muchas agencias de inteligencia, objetivo potencial de ataques terroristas. También existe la posibilidad del desvío potencial de materiales nucleares para la fabricación de armas atómicas con fines terroristas o de sustancias radiactivas para las llamadas “bombas sucias”.

Es una energía muy contaminante: la industria nuclear no ha sido capaz de encontrar una solución técnica satisfactoria al inmenso problema que suponen los resíduos radiactivos, cuya peligrosidad permanecerá decenas de miles de años. Estos resíduos son la prueba más clara de la insostenibilidad de esta energía.

En su funcionamiento rutinario, las centrales nucleares emiten al medio ambiente radiactividad: efluentes gaseosos radiactivos al aire y efluentes líquidos radiactivos al mar, al embalse o al río del que depende su refrigeración.

Es una energía muy cara. La energía nuclear sólo ha sido capaz de sobrevivir en los países como España, donde ha contado con fuertes subsidios estatales y con apoyo político cuando surgían los problemas financieros. El caso más obvio es Francia, donde la industria nuclear es de titularidad estatal.

Aunque sus costes variables son relativamente bajos, las inversiones iniciales son muy altas, lo que introduce inseguridad financiera. Un reciente estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts concluye que, en las condiciones actuales, la energía eléctrica de origen nuclear no es competitiva. Para que lo fuera los gastos de construcción deberían disminuir en un 25%, los plazos de construcción de las centrales acortarse a cuatro años (la media ronda 10 años) y los costes de operación y mantenimiento reducirse en un 8%.

El fiasco nuclear de Finlandia demuestra que la industria no es capaz de reducir el tiempo empleado en construir una central y de rebajar sustancialmente los costes. En 2001, la empresa estatal francesa AREVA, hizo grandes promesas sobre el proyecto del reactor EPR que iba a construir en Finlandia, el llamado Olkiluoto-3, según ellos   “el reactor nuclear del futuro”. Se aseguró que el reactor iba a ser construido en un tiempo récord de cuatro años y con un coste de 2.500 M€, y que no se necesitaría recurrir a apoyos estatales ni a subsidios de ningún tipo. Ocho años después, Olkiluoto-3, el buque insignia del tan publicitado “renacimiento” nuclear, está haciendo aguas por todos lados.

Oficialmente se admiten ya más de tres años de retraso sobre el calendario previsto (la construcción del reactor empezó en 2005, y se dijo que estaría terminado en 2009, pero hoy se reconoce que como muy pronto lo estará en el 2013), sobrecostes multimillonarios (terminará costando entre 5.000 y 6.000 M€), y más de 2.000 defectos de diseño y desviaciones de calidad en el reactor, lo que genera grandes preocupaciones sobre su seguridad. Sin duda, un clarificador ejemplo de lo caro y arriesgado que resulta invertir en este tipo de energía.

En la UE, aparte de Finlandia, sólo Francia está construyendo una central nuclear (otro EPR), aún en estado incipiente, y también con un sinfín de problemas de seguridad, sobrecostes y retrasos en el calendario previsto. Eslovaquia y Bulgaria tienen cada uno dos reactores en eterno estado de construcción (desde 1985 en Eslovaquia y desde 1987 en Bulgaria) aunque en realidad esos proyectos están parados por falta de financiación y problemas técnicos.

Por otro lado, Alemania y Suecia tienen programas activos de abandono de la energía nuclear, cuestionados por los partidos del ala conservadora. Otros 12 países no tienen energía nuclear en su mix energético, bien porque nunca apostaron por ella (Dinamarca, Irlanda, Grecia, Portugal, Luxemburgo, Estonia, Letonia, Chipre, Malta, Polonia) o porque la abandonaron (como Italia o Austria). Lituania,  Rumania e Italia (más bien Berlusconi) han anunciado en algún momento su intención de planear alguna instalación. Gordon Brown, en el Reino Unido, ha abierto la puerta a que el sector privado invierta en centrales nucleares.

Los demás mantienen una moratoria o han anunciado la intención de cerrar su parque nuclear, como Bélgica y Holanda (por Ley) y, al menos teóricamente, también España, por el compromiso electoral y programático del actual Gobierno. En efecto, el PSOE ganó las elecciones generales del pasado 9 de marzo, con una serie de promesas como el cierre progresivo de las centrales nucleares y su sustitución por “energías limpias, seguras y menos costosas”.

En el resto del mundo, el número de nuevos encargos de reactores son escasos a pesar de que determinados dirigentes se hayan mostrado abiertamente partidarios de esta energía, como fue el caso de George W. Bush en EEUU. En este país, desde octubre de 1973 no ha habido encargos de nuevos reactores que no hayan sido posteriormente cancelados. El Presidente Obama ha dado prioridad a las energías renovables y a la eficiencia energética.

Consciente del fracaso económico y social y de su declive, la industria nuclear está buscando desesperadamente una justificación que le permita renovar las ayudas y subsidios estatales que ha recibido desde sus orígenes: por ejemplo el pretexto de la menor emisión de CO2  con respecto a los combustibles fósiles.

Sin embargo, la energía nuclear no puede jugar ningún papel eficaz para solucionar el problema del cambio climático (incluso dejando al margen la imposibilidad de financiar una expansión masiva de la energía nuclear).

En primer lugar, si bien es cierto que las reacciones de fisión nuclear no producen CO2 (aunque sí generan residuos nucleares de alta peligrosidad y larga vida radiactiva), también lo es el que la generación de electricidad por medios nucleares sí emite CO2. Considerando el ciclo completo de las tecnologías de generación eléctrica no-fósiles (es decir, la nuclear y las renovables), la energía nuclear emite más CO2 que cualquiera de las energías renovables. Ello es porque en todas las etapas del ciclo nuclear -la minería del uranio, la fabricación del concentrado, el enriquecimiento, la fabricación del combustible, la construcción de las centrales, su mantenimiento y posterior desmantelamiento, la gestión de los residuos, etc..- se consumen grandes cantidades de combustibles fósiles.

Además, el uranio es escaso. Las reservas de uranio-235 fisionable alcanzan sólo para unas pocas décadas más, aun considerando niveles de consumo equivalentes a los actuales. Según el Libro Rojo de la Agencia de la Energía Nuclear de la OCDE, las reservas conocidas y recuperables a un coste inferior a 80 dólares (por kilogramo de uranio) son de 3 millones de toneladas (Mt), y las de un coste inferior a 130  dólares son de 4 Mt; esto corresponde a menos de la mitad de lo necesario para satisfacer las demandas de la industria nuclear.

Hay más uranio en la Naturaleza, pero su coste de extracción sería aún más caro y, lo que es más importante, su obtención sería mucho más intensiva en energía fósil, con la consiguiente generación adicional de CO2. De hecho, determinados estudios indican que al extraer uranio de minas con una mena inferior a 100 partes por millón (ppm) se emite más CO2 del que se ahorra al sustituir una generación de electricidad equivalente con gas natural por energía nuclear.

En España, abandonar la energía nuclear de forma progresiva pero urgente es fácil, siempre que haya voluntad política para ello, pues la viabilidad técnica y económica de un sistema de generación eléctrica basada al 100% en energías renovables es un hecho ya comprobado científicamente; además, esto nos permitiría luchar de forma eficaz contra el cambio climático. En efecto, un informe del Instituto de Investigaciones Tecnológicas (IIT) de la Universidad Pontificia Comillas ha demostrado, mediante un profundo análisis técnico, que existen numerosas combinaciones de las distintas tecnologías renovables (solar termoeléctrica, eólica terrestre, eólica marina, biomasa, solar fotovoltaica, hidroeléctrica, energía de las olas y geotérmica) que permiten satisfacer al 100% la demanda eléctrica peninsular, las 24 horas del día y los 365 días del año, a un coste menor que el de un sistema basado en las tecnologías convencionales (fósiles y nuclear).

Del citado estudio se deduce también que, por sus características de funcionamiento dentro del sistema eléctrico, las centrales nucleares son un gran obstáculo para el despliegue a gran escala de las energías renovables; ello se debe a la rigidez y a lo dificilmente regulable de la energía nuclear, a diferencia, por ejemplo, de las centrales solares termoeléctricas hibridadas con gas (de biomasa o gas natural), un tipo de producción firme y regulable, válida como energía de respaldo en la transición a un modelo 100% renovable.

Desde el punto de vista socio-laboral, la nuclear es la fuente de energía que menos empleo genera por unidad de energía producida. En cambio, las renovables generan mucho más. Según datos de Comisiones Obreras (CC.OO.) en un informe de febrero de 2008, en España el sector de las energías renovables genera 89.000 empleos directos (y 99.681 indirectos). En Alemania por ejemplo, en 2006 el sector de energías renovables dio empleo a 235.000 trabajadores, un incremento del 50% sobre los dos años anteriores.

En contraste, y también según un informe CC.OO. de 2006, el sector nuclear contaba en 2005 con 4.124 empleados de los cuales el 52,8% pertenecían a la plantilla fija de las centrales nucleares. Estas cifras de empleo en las centrales nucleares aumentaban a 10.930 durante el periodo de recarga de las centrales, de los cuales el 20% pertenecía a la plantilla de la central.

     Campaña de Energía de Greenpeace
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